¡Felicidades, compañera, por encontrar a tu madre!

Hoy Irene ha descubierto cuál fue su primer nombre, su identidad de origen, y que, hasta donde llevan los datos por ahora conocidos, sí fue una niña robada. Su madre murió, pero su memoria ha quedado impregnada en el resto de la familia.
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– Irene Meca. Fotografía de Pedro Lange-Churión para la exposición “Duerma en ti”.

Hace tan solo unos días, Irene Meca, compañera del colectivo de ‘bebés robados’, me comunicó que, por fin, volvía a casa. Unas palabras que indicaban el éxito de su búsqueda durante años, cuyos últimos meses, como ella misma dice, han sido los más intensos, emocionantes y, a la vez, aterradores al no saber qué se encontraría al final del camino. Pero ese final llegó e Irene, a sus 70 años, conseguía deshacer el nudo que la había oprimido el corazón toda su vida.

Irene es integrante de la asociación Camino a la Justicia y colabora con nuestra asociación, Todos los niños robados son también mis niños, participando en las acciones y campañas que realizamos, especialmente las destinadas al impulso de la ley sobre bebés robados que ha estado en tramitación durante las dos últimas legislaturas en el Congreso, una iniciativa legislativa de la que nuestra compañera también es una gran defensora.

Lamentablemente, un periodo de enmiendas que injustificablemente ha durado dos años y medio, además de retrasos inexplicables, han hecho que la ley no se aprobara antes del adelanto electoral y miles de víctimas de este atroz crimen sigan desamparadas una vez más.

Nuestra compañera ha tenido que actuar como detective de su propia vida, buscando documentos por todos los archivos, tanto públicos como eclesiásticos, sin demasiados resultados

Nuestra compañera ha tenido que actuar como detective de su propia vida, buscando documentos por todos los archivos, tanto públicos como eclesiásticos, sin demasiados resultados. Finalmente ha tenido que acudir a un banco extranjero de ADN para dar con los primeros hilos que le han llevado a conformar todo el tejido familiar. ¿No les da vergüenza a nuestras autoridades que víctimas de crímenes contra la humanidad no reciban ayuda en su propio país para saber la verdad de su origen o dónde están sus hijos e hijas?

También muchas otras víctimas tuvimos que pedir amparo en la justicia argentina porque aquí ni por asomo la tenemos. En nuestra tierra, nuestra patria, ni verdad, ni justicia, que son las únicas que queremos como reparación y que la ley sobre bebés robados nos podría dar.  Por tanto, esperemos que los grupos políticos, en sus programas electorales, lleven como prioridad la aprobación de esta ley y que en la próxima legislatura nuestros representantes, tanto gobierno como oposición, se comporten con la necesaria decencia política para que se tramite la ley sobre bebés robados por la vía de urgencia y consigamos ser todas las víctimas las felicitadas.

Irene nunca se autodefinió como “niña robada” ya que sabía que, hasta encontrar a su familia biológica y conocer su historia de origen, no podría asegurar si fue dada en adopción de manera libre y sin coacción o, como tantas criaturas, había sido arrancada de su madre. Hoy, después de conocer los detalles de lo que ocurrió hace 70 años, podemos indicar que Irene ha descubierto cuál fue su primer nombre, su identidad de origen, y que, hasta donde llevan los datos por ahora conocidos, sí fue una niña robada. Su madre murió, pero su memoria ha quedado impregnada en el resto de la familia.

Únicamente Irene tiene derecho a hacer público su testimonio cuando quiera hacerlo. De momento, tan solo hay que estar a su lado, felicitarla y desear que los familiares con los que se ha reencontrado la estimen y aprecien como lo hacemos nosotras, todas sus compañeras, por su esfuerzo en buscarlos, por su valentía, por su empeño en no olvidar, por seguir a pesar de todo hasta encontrar su historia de vida.

Dentro de poco acompañaremos a Irene a la tumba de su madre, ahora sí, su madre, y dejaremos en ella flores, que nunca podrán sustituir los besos y abrazos de la hija que le quitaron.

Dentro de poco acompañaremos a Irene a la tumba de su madre, ahora sí, su madre, y dejaremos en ella flores, que nunca podrán sustituir los besos y abrazos de la hija que le quitaron, pero que servirán de homenaje a una mujer que, como tantas mujeres en esa tenebrosa España, mereció una vida mejor.

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